PALABRA PASTORAL
La Gran Estrategia de la Iglesia (Juan 4:48)
Una vez, un hombre afligido buscó a Jesús para que sanara a su hijo que estaba terriblemente enfermo y al borde de la muerte. El hombre le pedía a Jesús que fuera a su casa, pero el Señor simplemente le aseguró que el niño viviría y le mandó regresar.
Juan 4:
48 Entonces Jesús le dijo: Si no viereis señales y milagros no creeréis.
49 El reyezuelo le dijo: Señor, desciende antes que mi hijo muera.
50 Le dice Jesús: Ve, tu hijo vive. Y el hombre creyó a la palabra que Jesús le dijo, y se fue.
En el camino de regreso, los siervos de aquel hombre salieron a su encuentro con la maravillosa noticia de que el niño estaba sanado. Al preguntar la hora exacta de la mejoría, el padre comprobó que había sido en el momento exacto en que Jesús liberó Su palabra. Aquel milagro extraordinario no solo trajo vida al niño, sino que reforzó de forma definitiva la fe de aquel padre y de toda su casa.
Sin embargo, la declaración de Jesús en el versículo 48 nos trae una profunda advertencia: muchas personas solo se rendirán al Señor cuando sean testigos de Sus señales y milagros.
¡Es fundamental que estemos atentos a esta realidad, pues la obra de Dios está hecha de poder! Se manifiesta a través del poder de la Palabra, del mover del Espíritu Santo y de la autoridad que Jesús delegó a Su Iglesia para lidiar con las realidades de este mundo.
El propio Jesús nos garantizó que nuestro caminar estaría provisto de este maravilloso poder:
Marcos 16:17-18 Y estas señales seguirán a los que creyeren: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; quitarán serpientes; y si bebieren cosa mortífera, no les dañará; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán.
Todo lo que Jesús nos dejó como herencia y promesas son capacitaciones espirituales necesarias para que el mundo vea y crea que Él es el Señor.
La Palabra de Dios, en su esencia, es poder puro.
Recientemente, escuché un testimonio de conversión de una artista famosa, donde su experiencia comenzó por la curiosidad sobre la vida espiritual, después de escuchar a unos amigos conversar sobre la iglesia a la que asistían. Movida por el Espíritu Santo, comenzó a escuchar alabanzas. La alabanza movió su corazón, pues en ella hay adoración, exaltación al Señor, la Palabra de Dios. Luego, pasó a escuchar predicaciones.
Fue entonces cuando experimentó la realidad de lo que está escrito en Jeremías 23:29 ¿No es mi palabra como fuego, dice el SEÑOR, y como martillo que quebranta la piedra?
La Palabra rompió las resistencias. Comenzó a asistir a la iglesia, entregó su vida a Cristo y, hoy, se dedica a estudios teológicos, sumergiéndose en las aguas del Espíritu exactamente como el profeta Ezequiel vio el río de Dios (Ezequiel 47) — avanzando cada vez más profundo, en el tiempo determinado por el Señor.
La verdad es que la Palabra de Dios no vuelve vacía, sino que siempre cumple el propósito para el cual fue enviada.
Isaías 55:
10 Porque como desciende de los cielos la lluvia, y la nieve, y no vuelve allá, sino que harta la tierra, y la hace germinar y producir, y da simiente al que siembra, y pan al que come;
11 así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, antes hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié.
Por eso, tú que eres siervo o sierva de Dios, nunca pierdas de vista la importancia de la manifestación del poder de Dios. Las señales y los milagros — demasiado difíciles para la comprensión humana — deben ser una realidad en nuestro día a día, surgiendo como respuesta natural a nuestras oraciones, intercesiones y ministraciones.
No permitas que el estancamiento, la frialdad y la superficialidad, que lamentablemente han afectado a parte del medio evangélico, dominen tu vida espiritual.
Las conversiones genuinas y profundas que vemos hoy son fruto de las mismas obras que Jesucristo realizó mientras caminó en esta tierra.
Y la gran estrategia de Jesús siempre fue clara: predicar la Palabra y realizar milagros. Que esta sea también tu práctica.
¡Habla de las obras de Jesús, ora con valentía y ministra el poder que viene de lo alto para que el nombre del Señor sea glorificado a través de la Palabra que anuncias y de los milagros que te acompañarán!